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Informe de @DIN

 

Las topadoras del lucro pueden acabar con la biodiversidad

 

Julio Carreras (h) y María U. Berton Zoat

Fotografías: Gustavo Tarchini *

El Vía Crucis de Julio Galeano

Julio Marcelino Galeano es un santiagueño oriundo de Bandera, tierra de agricultores y ganaderos. Como muchos de nosotros, en su juventud se fue a Buenos Aires, en busca de horizontes económicos más amplios. Allí pasó gran parte de su existencia, que hoy ya supera los 60. En los 80, cumplió con la coronación del ciclo santiagueño en la diáspora: regresó. Con algunos pesos que había juntado compró un campo, en el departamento Moreno, y no le cambió el nombre, pues llevaba uno ya tradicional: Santa Ana.
Julio Marcelino Galeano ama el monte, los pájaros y los animales. Como todos los campesinos santiagueños, que durante siglos habitaron este espacio sagrado sintiéndose parte de él y no sus dueños. Con el valor agregado que trajo de la gran ciudad, Julio introdujo sin embargo novedosos elementos: la organización solidaria, la tecnología posible, la educación necesaria.
En poco tiempo, junto a los antiguos pobladores, construyó una escuela, organizó un grupo comunitario, instaló una FM, logró el implante de un teléfono comunitario.
En veinte años y con el entusiasmo de los campesinos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, docentes y jornaleros que habitan los parajes de Santa Teresita, Elsita, Santa María, El Puesto, El Aibal, María Angélica, San Isidro, todas aledañas al campo de Julio, montaron un grupo electrógeno para proveerse de electricidad, formaron una cooperativa rural, instalaron dos antenas satelitales para ver televisión, y lograron construir un campo deportivo, completamente iluminado. Impulsaron además programas educacionales, cursos para el mejoramiento de los cultivos y del ganado vacuno, caprino y porcino, lecciones de ecología. En todo esto contaron con la ayuda de la familia de Julio, quienes desde Bandera u otras localidades, apoyaron desde un principio su emprendimiento solidario.
Las cosas anduvieron bien hasta el año 2001.
Ese año, la crisis Argentina puso a los medianos ahorristas en una febril agitación, para movilizar sus fondos recuperados en inversiones controlables. Muchos medianos productores cordobeses pusieron sus ojos entonces en los campos santiagueños: baratos, anchísimos, sin títulos claros, con amplias posibilidades de explotación. Los más audaces se abalanzaron sobre esta provincia, vendiendo sus propiedades cordobesas para comprar otras diez veces más grandes aquí y quedar con plata en el bolsillo encima.
"Santiago tuvo la mala suerte de quedar como epicentro de las especulaciones inmobiliarias, por ser una zona considerada marginal y con precios deprimidos", se lamenta Julio Galeano en conversación con @DIN.

"Muchos cordobeses vinieron con el simple afán de alambrar miles de hectáreas, desmontarlas completamente, generar algunas instalaciones sólo para venderlas después al menos por cuatro o cinco veces la cantidad invertida", explica.
Las de Moreno son tierras aptas tanto para la ganadería como para la siembra de los cereales y la soja. El boom de la exportación sojera completó el panorama: ya que se van terminando las tierras explotables en las provincias del Litoral, los insaciables mercados europeos y chino estimulan a los capitalistas hacia una búsqueda vertiginosamente obsesiva de más y más tierras para el monocultivo.

Hombres decididos

Cierta mañana Julio vio entrar rasante a una poderosa camioneta carrozada en su campo. Se detuvo a unos cincuenta metros de la casa y bajaron dos hombres. Altos, rudos, colorados. Con tonada cordobesa le dijeron que tenían que conversar con él.
Julio -que vive sólo con un hijo adoptivo, Cristian Ariel Ibáñez, de 32 años-, los invitó a pasar. Acalorado, el más grandote y que llevaba la voz principal pidió disculpas porque necesitaba "aligerarse un poco de peso", según dijo. Y en el acto sacó de bajo la campera una oscura y reluciente pistola 9 mm, que colocó sobre la mesa.
Después, exhibió la escritura: "Bueno, amigo", espetó, con voz potente: "como ve, esta tierra es mía... la acabo de comprar".
Julio no perdió la calma, y sacando de un armario la propia escritura, que posee absolutamente en regla, se la mostró al cordobés diciendo:
"¡Mire lo que son las cosas! ¡Yo también tengo una igual, pero más vieja! Y que me

El ocaso del hombre campesino

El monte se destruye entre alaridos...
Los pájaros se van, no quedaron ni sus nidos.

Oh! si pudiera detener tanta barbarie...
Cae la tarde y el sol muestra un horizonte
Arrasado por las máquinas y el fuego
Sepultando al campesino con sus ruegos,
Oprimiéndolo hasta que allí, no quede nadie.

Desesperada una guazuncha herida
En busca de su cría da la vida;
La conciencia del hombre, aquí no cabe.

Hizo un infierno y a la gloria entra sin llave...
Oídos sordos hace a todo, porque impune se sabe;
Mientras él mutila la obra de la naturaleza sabia
Brilla la Justicia por su ausencia y siento rabia...
Reniego de los "amos del cielo y de la tierra",
Entonces maldigo, grito y lloro mi impotencia.

Cómo lloran los viejos al ver sus ranchos tumbados
A la par del quebracho vencido en esta "guerra".
Muchos otros, con su "sabia inocencia" y resignados,
Partiéndose sus pechos, dejarán la querencia,
Encontrarán un lugar en la ciudad, en alguna "villa"...
Soportando el atropello que "el destino", le dio a su vida sencilla.
Injusto es desarraigar a los ancianos, es de canallas...
No tienen voz ni defensa (les mezquinaron escuela).
Oh! ¡si pudiera despertar a los que callan!...

Rita Galeano *
ritagaleano@yahoo.com.ar

* Hermana de Julio Marcelino Galeano

acuerde, no le he vendido a nadie mi tierra."
Luego de un silencio pegajoso el otro bramó:
"¿Qué hacemos, entonces? ¡O es suya o es mía, una de dos!"
Julio, hombre pacífico e inteligente, le dijo:
"Pero no hay problema, hombre... son 1.600 hectáreas, las podemos explotar los dos... seamos socios, pues, y que la tierra sea de los dos..."
"Bueno, entonces... no hay más que hablar... socio... ¡podemos comernos un asadito, para celebrar..."
"Pero como no, compañero", contestó
Julio. Y mientras elegían un lindo cabrito para el festejo, los otros trajeron una gran parrilla, carbón, mesas y sillas que llevaban en la camioneta.
Después del asado, ya al atardecer, Julio acompañó a sus nuevos "socios" hasta la camioneta, para ayudarles a cargar sus equipos. Lo que vislumbró allí, por un resquicio de la puerta, lo estremeció: varios hombres, sombríos, esperaban dentro. Llevaban poderosas armas largas.
"Quiere decir", cuenta Julio en su entrevista con @DIN, "que si me resistía, posiblemente me iban a liquidar... o quizás me iban a hacer desaparecer... ¡qué se yo!"
Apenas se alejaron los invasores el campesino fue a radicar la denuncia en la comisaría más cercana -a treinta kilómetros de allí. Al día siguiente, Julio viajó a la ciudad: 190 kilómetros. Aquí inició inmediatamente una acción judicial, para proteger sus bienes y revalidar la legitimidad de sus escrituras. Advertidos por la notificación judicial, esos cordobeses no volvieron. Pero sí vinieron otros.

Un "inversor" enojado

Según la narración de Galeano, imaginamos a Juan Martín Gaona como uno de esos hombres que impresionan como "nacidos para mandar". "Hacendado" bonaerense, emergió repentinamente de una polvareda creada por seis 4x4 relucientes, acompañado de una guardia armada, para ocupar 4.100 hectáreas de campos comunitarios en la vecindad de Santa Ana. ¿Quién iba a resistirse ante semejante empuje? Bajo la mirada vigilante de los matones, sus peones alambraron prolija y herméticamente la inmensa propiedad. Luego, los lanzó a desmontar -a veces quemando el monte, con todo lo que tiene dentro-, para plantar esnseguida, febrilmente, algarrobo blanco. Es un árbol que crece rápido.

Según Julio Galeano, que es quien nos narra todo esto, debe estar haciendo dicha plantación porque no tiene el propósito de producir nada, en el extenso perímetro que ha encerrado. "Lo que quiere hacer -supone Julio- es valorizar la propiedad, hacerle mejoras, para venderla luego a cinco o seis veces lo que a él le ha costado... una vulgar operación inmobiliaria, al fin y al cabo".
Aconsejados por Julio, los campesinos no ofrecieron resistencia física ni tomaron represalias contra el intruso, que había desplazado a varias familias de sus terrenos. Algunos años antes, los campesinos, en asamblea y luego de experiencias semejantes, habían decidido formar una organización que los defendiese. Con una inspiración algo fatalista, la denominaron "O.CA.SO" (Organización Campesina Solidaria). Determinaron entonces que únicamente utilizarían recursos legales y administrativos para pelear por sus bienes. Y para ello acudieron a una organización santiagueña de Abogados Solidarios, entre quienes revista su defensor, el joven abogado Pablo Muratore.
Pese a ello, pronto iban a padecer desgracias peores.

El 12 de enero de 2005 una terrorífica delegación del GETOAR -Policía Especial de Santiago del Estero- irrumpió con equipos de combate y gran estruendo, bajando de varios vehículos, en la finca de Galeano. Voltearon la puerta, rompieron los equipos de comunicación, desbarataron muebles y llevaron al único habitante de esa vivienda, un hombre de más de sesenta años, esposado e inmovilizado contra el piso de una camioneta celular, hasta la ciudad. Pasando por sobre la jurisdicción policial -la delegación más cercana, Tintina, no estaba siquiera enterada de este operativo- fueron directamente a atacar a O.CA.SO, al que tienen calificado como un "movimiento peligroso de campesinos subversivos".
En el mismo operativo capturaron a Juan Carlos Gerez (49), su hijo Carlos Manuel (27), ambos de Santa María, y Natividad Romero (53) de la localidad de Elsita. En la lista policial figuraban también Beby Orlando Gallo, de Santa María y Carlos Alfonso Gerez, de San Isidro, pero a estos últimos no lograron apresarlos. Después de ocho días de maltratos e incertidumbre, la O.CA.SO logró que sean liberados. ¿Qué había ocurrido? En plena Intervención Federal (que supuestamente había venido a poner fin a este tipo de atropellos), Gaona -hombre influyente- obtuvo de un juez en Santiago la orden necesaria de allanamiento... ¡por actividades terroristas!
¿Y cuáles eran esas actividades? Supuestos atentados contra las propiedades de Gaona, cuyo carísimo alambrado aparecía de repente cortado por kilómetros y kilómetros. Para hacer esto se necesitaba organización y vehículos: Gaona culpó de inmediato a la O.CA.SO.
Según Julio Marcelino Galeano, los atentados son obra de los mismos ex-custodios de Gaona, a quien este despidió luego de varios meses sin tener incidente alguno con los pacíficos campesinos del lugar. Esta "mano de obra desocupada", decidió entonces demostrarle al terrateniente la necesidad indeclinable de sus servicios.
Estos custodios pertenecen, según Galeano, a una organización parapolicial dirigida por un ex comisario santiagueño. Hombre de la "pesada" de Mussa Azar, el ex comisario, gracias a una jugosa indemnización obtenida por medio de un juicio contra el Estado, montó un gran negocio inmobiliario. Este se ocuparía de "rastrear" campos con problemas de escrituración, desplegando una verdadera red de complicidades remuneradas en Catastro, Registro de la Propiedad y otras instituciones oficiales relacionadas con la administración territorial. La "novedad" ideada por el policía retirado consiste en que, para garantizar la efectiva posesión de los campos por parte del comprador, como servicio adicional la "inmobiliaria" ofrece una poderosa guardia armada, compuesta por profesionales de la violencia, muchas veces extraídos de entre las mismas fuerzas policiales.
"¿Y qué vamos a hacer con esos campesinos que ocupan parte de las tierras?", sería entonces, según Julio Galeano, la última duda del "inversor".
"No se preocupe", contestaría el comisario: "por un precio módico tendrá un cuerpo especializado en desalojos y posterior protección".

La ley del más fuerte

Dos veces se repitió sobre la sufrida humanidad de Galeano el atropello policial del GETOAR, la destrucción de parte de sus bienes, la tortura física y moral, el calabozo. La segunda fue el 29 de julio de 2005, oportunidad en que detienen también a Juan Carlos Gerez y Carlos Ibánez. Diez policías equipados como para atrapar una célula de Al Qaeda recorren las viviendas señaladas,

sembrando terror en las familias, algunas de cuyas mujeres sufren descomposturas y desmayos. Nunca habían ocurrido este tipo de cosas en la región, hasta... el comienzo de la llegada de los foráneos "inversionistas".
Con soberbia inaudita, uno de estos "amenaza" con irse, a través de una entrevista obsequiosa efectuada por un periodista urbano. "Estoy cansado de esta gente primitiva, que no entiende que nosotros, los inversores, venimos a traerle el progreso". Se siente jaqueado por denuncias ante organismos de Derechos Humanos y organizaciones internacionales de campesinos. Entonces, apela al recurso que debe haberle rendido buenos resultados para acumular poder económico en todas partes: la desfachatada caradurez que suele caracterizar a casi todos estos "empresarios".
Santiago vive tiempos difíciles. El poder de estos facinerosos, coaligados -pues concurren a su monolítico frente agresor los pools de siembra, grandes ganaderos, compañías internacionales de agroquímicos y exportación cerealera, sociedades "rurales" variopintas, medianos productores agropecuarios, generalmente gringos, indecisos, inmobiliarias, agencias de "seguridad" y todo un universo de intermediarios que lucran con estas transacciones- se presenta en el horizonte de los campesinos como lo podría hacer la mole de un Titanic avanzando hacia una chalupa indígena.
A modo de aguda cresta de proa, inagotables repartos de dinero van lubricando el camino para despejar escollos burocráticos, legislativos o judiciales, y aunque todos conocen y aceptan que se están perpetrando desastres, que se están cometiendo flagrantes injusticias, que se está

destruyendo lo poco que ha quedado del patrimonio natural de nuestra provincia... cuando deben actuar, si son funcionarios, favorecen siempre al agresor, condenan a la víctima. Como Pilato, ese símbolo tan medular para el intento de comprender la condición humana.
Julio Galeano nos pregunta la hora: debe tomar enseguida el único colectivo que lo llevará otra vez a su monte amado. Nos ha conmovido hasta el alma. Recomendado por un amigo, que le ha dicho que nosotros lo comprenderíamos, y que con la difusión de los problemas de su región, tal vez, ayudaríamos, ha venido a visitarnos, desde tan larga distancia. Lo miro a la luz del resplandor que se filtra por entre las cortinas de nuestra cómoda residencia urbana, y constato con cierto asombro que es un hombre alegre. Entiendo, entonces, una vez más, que la verdadera alegría no está en los salones forrados de terciopelo ni la sensualidad vertiginosa provista por el dinero, sino en la satisfacción sencilla, honda, que infunde a los humanos el vivir luchando por una causa noble.

Alguien tiene que escuchar

Comentar la problemática de las tierras no es una tarea fácil. Involucra muchos años de despojos, de reclamos y de resistencia. Involucra, también, a diversidad de actores con intereses antagónicos, a un estado muchas veces ausente, a leyes que fueron sancionadas pero nunca fueron puestas en práctica...
La disputa no es sólo por la tierra, aunque este sea el eje principal. También se quiere recuperar esa paz, esa tranquilidad perdida y esa seguridad sobre un terreno que se fue perdiendo con los años.
Los desalojos fueron moneda común en distintos lugares de nuestra provincia y desde los inicios de su historia, pero la resistencia comenzó cuando los campesinos, antiguos habitantes de las tierras, iniciaron su organización ayudados por el trabajo de algunas ONGs y sectores de la Iglesia partir de los años 70.
Terratenientes locales e inversores de otras provincias iniciaron la compra progresiva de grandes extensiones tentados por la expansión de la frontera agrícola, la posibilidad de desarrollo de la ganadería y los precios bajos de la tierra en situaciones de marginalidad de caminos y servicios.
Estos empresarios y terratenientes se defendieron de las acusaciones de usurpación alegando tener la posesión legal de esos suelos. Desde entonces se generó una puja constante que, lejos de llegar a un justo término, comenzó a intensificarse, en parte, ayudada por la ineficiencia de la justicia y un estado que supo desentenderse de los reclamos. En la mayoría de los casos los empresarios contaron con la complicidad de actores locales con poder, como Comisionados, policías, jueces de paz...
Los campesinos entendieron pronto que debían movilizarse para proteger eso que les pertenecía.

Requerían que se los escuchara, que se supiera la situación por la que estaban atravesando para sumar apoyos y organizar una resistencia. Nacieron, entonces, las primeras movilizaciones campesinas que no se mostraban dispuestas a entregar lo que consideraban pertenencia propia. Por el contrario, buscaban sumar fuerzas y, entre todos, formar una unidad que fuera difícil de vencer.
Así es como nació el MOCASE (Movimiento Campesino de Santiago del Estero). Lo constituyeron,

inicialmente grupos de familias de distintas organizaciones campesinas reunidas en pos de un objetivo común y acompañadas por técnicos comprometidos. Dijeron, desde un primer momento, un contundente "no" al desalojo, a la invasión, a la intrusión de personas ajenas en las tierras donde habían vivido siempre sus familias.
Esta organización ya tiene unos quince años de existencia, aunque la lucha lleva muchos años más. Los problemas están todavía muy lejos de una solución. Tan es así que, actualmente, comenzaron a formarse nuevas agrupaciones que nacieron para perseguir ese mismo fin.
El MOCASE se valió de todos los recursos de los que pudo hacer uso para tratar de concientizar al resto de la población acerca de su problemática. Comenzaron por difundir su lucha y tratar de comunicar y expresar sus deseos de encontrar una pronta solución. Para esto utilizaron los medios de comunicación, tanto a nivel masivo como alternativo. Se armó, también, una cadena de solidaridad Internacional mediante la cual, el grupo de campesinos recibió apoyos desde diferentes países que se solidarizaron con su causa. Capacitación sobre derechos a la posesión de la tierra. Asesoría jurídica ante la dificultad formal y económica de los campesinos para defender sus derechos y sanear situaciones de dominio de las tierras que ocupan.
Los problemas a los se enfrentan las comunidades campesinas no son para nada fáciles de erradicar. Juegan en contra el desconocimiento en cuanto a aspectos legales vigentes, el sistema político corrupto, las redes clientelares instaladas, la represión y la violencia aplicada, entre otros factores de importancia.
Muchos pobladores no conocían el derecho a la posesión veinteañal mediante la cual se los hacía dueños de las tierras por el solo hecho de haberla habitado durante dos décadas en forma pacífica e ininterrumpida. Tampoco conocían las legislaciones respecto a la tierra, el agua y los recursos naturales.
Últimamente se fueron sumando situaciones agravantes, que tornaron aún más difícil el problema de los campesinos. Quienes comenzaron este nuevo tipo de desalojos no lo hicieron de un modo pacífico. Los empresarios no dudaron en contratar a bandas parapoliciales, a menudo coordinadas por ex militares y utilizar máquinas pesadas para arrasar con el monte y hasta con sus mejoras. Estos grupos armados fueron los que se encargaron de amenazar a los pobladores que se negaban a abandonar sus pertenencias.
Luego de muchos amagos de leyes de tierras y de desmonte, el gobierno provincial no aporta una solución y esto es lo que realmente preocupa y decepciona. En lugar de proteger a los moradores, 

de garantizarles la propiedad, los gobiernos de turno se desentienden.
Empresarios y propietarios de capitales nacionales y extranjeros continúan adquiriendo tierras y destruyendo recursos naturales sin control estatal.
Los sucesivos gobiernos ni siquiera garantizaron la cesación del uso de métodos duros de represión para el desalojo de los campesinos. Tampoco estimularon la sanción de leyes y puesta en práctica de las ya existentes sobre temáticas de tierras, agua, recursos naturales...
La situación se vuelve caótica porque nadie puede ponerle un fin y porque cada quien sale a defender lo que cree suyo.
Los desafíos son, entonces, numerosos. Existen muchas metas que alcanzar, muchos problemas que superar para que, quienes están hoy olvidados, puedan continuar con su existencia en el lugar que les pertenece y en paz.
Se hace urgente que el gobierno garantice la tenencia de las tierras para campesinos y pequeños productores que buscan el sustento familiar mediante su actividad.
Los antiguos pobladores, además, deben ser reconocidos. A ellos deberían ser entregadas las tierras que les pertenecen por la historia que ya tienen en ese lugar. Lamentablemente, existen términos legales que son desconocidos por los campesinos. Urgente es también, entonces, la sólida asistencia en temáticas de tierra y recursos y los correspondientes derechos garantizados por ley.
A su vez, no se están previendo las consecuencias futuras que van a tener las acciones que se están desarrollando actualmente con visible impunidad. Preocupa que tantos recursos nacionales sean administrados por extranjeros, preocupa asimismo la proliferación de cultivos transgénicos, el abuso de agrotóxicos y los desmontes sin planes de reforestación. Es evidente que no existe una toma de conciencia generalizada sobre estos problemas que sí van a tener sus consecuencias en un futuro (bastante más próximo de lo que imaginamos).
Mientras tanto continuarán las familias campesinas organizándose para reclamar por lo que es suyo. Se resisten a abandonar sus sueños de tranquilidad en manos de empresarios protegidos por guardias militares, por un gobierno corrupto y un estado ausente. Se niegan a entregar las hectáreas de monte virgen que quedan, se niegan a ver árboles centenarios siendo arrasados con topadoras y maquinarias para engrosar la cada vez más ensanchada frontera agrícola.
Ellos siguen gritando, siguen lamentando sus pérdidas y reclamando a quien los quiera escuchar. Alzan sus voces junto a la del monte y a la de la fauna que fuimos perdiendo. Alguien tendría que escuchar, alguien tiene que escuchar.

Denuncia presentada ante la Subsecretaría de Seguridad de Santiago del Estero
durante el período de la Intervención Federal (abril 2004, marzo 2005)

En Santiago del Estero, en Ciudad Capital a los 20 días del mes de octubre del año 2004, se presentan voluntariamente en la Subsecretaría de Seguridad, cita en Belgrano Sud 555, los ciudadanos: Julio Marcelino Galeano, DNI 4.423.846, domicilio Campo Santa Ana departamento Moreno, Cristian Ariel Ibáñez, DNI 23.465.229, domiciliado en Santa Teresita, departamento Moreno, Beby Orlando Gallo, DNI 22.422.101, domicilio Santa María, departamento Moreno. Quienes son acompañados por el funcionario de la Secretaría de Derechos Humanos Marcelo Garnica, DNI 22.422.101, domicilio Francisco Viano 223, Dto. B, Santiago Capital. Los declarantes exponen ante el asesor de la Subsecretaría de Seguridad Rolando Salas, DNI 16.679.136, y el funcionario Alejandro Hammar, DNI 18.751.180. Exponen: A partir del domingo 10 de octubre de 2004 han sido sometidos a presiones e intimidaciones por un grupo de civiles armados a los cuales pueden identificar a uno de ellos como Néstor C. Anchava, los dicentes afirman que este grupo provoca incendios forestales, ocasiona desmanes y desarrolla conductas agresivas intimidatorias y contrarias al proceder habitual de la comunidad local, y afirma el señor Beby Orlando Gallo haber sido objeto de distintos tipos de amenazas por parte del grupo anteriormente mencionado, además agrega que un animal yeguarizo de su propiedad sin marca fue muerto en uno de estos incendios mencionados. Los declarantes afirman que este grupo les impide el acceso a tierras de explotación comunal de histórica tenencia, ocasionándoles perjuicios económicos irremediables al no poder acceder ellos a su forma habitual de subsistencia. Agregan que el grupo de desconocidos utiliza incorrectamente la única fuente disponible de agua potable existente en la zona. Considerando que no tienen nada más que expresar se da por cerrada la exposición.
 

* Las fotografías pertenecen a la obra Sombras abatidas.

Los campos en conflicto, en el Departamento Moreno, Santiago del Estero.

Más información sobre problemas campesinos en Santiago del Estero

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